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domingo, 15 de mayo de 2011

AL GRAN Y ETERNO GOLFISTA SEVERIANO BALLESTEROS, LE GUSTABA HABLAR Y RECORDAR SUS SENCILLA VIDA Y DUROS COMIENZOS COMO JUGADOR DE GOLF Y RECORDAR TAMBIEN SU SENCILLA NIÑEZ.





Yo nací en mi casa, no en una clínica como todos mis hijo. Mis primeros años fueron muy diferentes a los de mis hijos. Yo vivía en un pueblo en el que no había prácticamente de nada. Había una centralita para toda la gente del pueblo. La telefonista se llamaba Angelita, una señora mayor, la recuerdo muy bien. Y sólo un televisor, en el bar El Culebrero, donde no me dejaban entrar... Ahí veía El Santo, El fugitivo..., a través del cristal de la ventana. No había nada; apenas unos caramelos y unas pipas, nada más. No había ni golosinas. No teníamos un balón en el colegio, lo fabricábamos con trapos amarrados. Jugábamos con las canicas, era más fácil. Me acuerdo que, cuando salía de la escuela, a las cuatro de la tarde, me iba corriendo a ver la serie Bonanza o los dibujos animados de Los Picapiedra... Nos teníamos que inventar los juegos; ahora ya los niños tienen los jueguetes hechos...


¿Qué le dio ese mundo como persona?


Mis padres siempre estaban trabajando, los dos. Mi padre hacía de todo: trabajaba en el campo, con las vacas, pescaba, hacía de caddie en el campo de golf de Pedreña... Mi madre trabajaba todo el día desde por la mañana hasta por la noche. Con cuatro niños era duro. No existían los medios de hoy, no teníamos lavadora ni secadora; teníamos una poza adonde iban todas las mujeres del pueblo a lavar la ropa. Ella debía lavar, coser, hacer la comida y la compra... Un trabajo muy duro, de 16 horas diarias. Una época muy difícil.


Una relación muy dura con la tierra.


Por la mañana, antes de ir a la escuela, ayudaba a mi padre a sacar el estiércol de las vacas; al mediodía las llevaba al bebedero; luego segábamos juntos la hierba y la guardábamos en el pajar para el invierno. Incluso le ayudaba cuando las vacas se ponían de parto: juntos tirábamos de la cría. Después yo repartía en el pueblo la leche de las vacas; teníamos gallinas, conejos. Iba con mi padre a Solares, a ocho kilómetros, con el carro y el caballo, a buscar harina para hacer la borona [pan de maíz o mijo] para el invierno, y eso es lo que desayunábamos: una tarta de borona y un tazón de leche. Llevábamos una vida difícil; no faltaba nunca nada, pero tampoco sobraba nada. Estábamos justos.


Le parecería una vida injusta...


De mi niñez tengo grandes recuerdos. Entre los vecinos del pueblo había una gran solidaridad y un verdadero espíritu de colaboración; si había que ayudar a segar, ayudábamos. Hoy hay más intereses, cada uno va a lo suyo... Muchísimo egoísmo.


Alguna vez ha dicho que en la sociedad actual manda el tanto tienes, tanto vales... ¿Cómo cree que la gente le percibe ahora?


La gente, en general, va con el campeón. A medida que el campeón deja de ganar van quedando menos alrededor, quedan los verdaderos amigos. Pero eso es normal. Me acuerdo de una frase de mi amigo Roberto de Vicenzo, el gran jugador, que me dijo: "Mirá vos, aprovechá el momento, que cuando la bolita deje de entrar en el hoyo, la gente no te va a dar ni bola". Eso me lo dijo porque ya le había pasado a él.

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