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sábado, 2 de enero de 2010

'Esto no es pecado, hijo, yo soy tu padre' decía a las víctimas el arzobispo Edgar Gabriel Storni (el arzovispo violador argentino)

El arzobispo Edgardo Gabriel Storni, ex ‘número tres’ de la Iglesia católica de Argentina, fue condenado este miércoles a 8 años de prisión por abuso sexual de un seminarista que estaba a su cuidado. En cambio, resulto absuelto de imputaciones del mismo delito contra varios otros subordinados suyos

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La sentencia fue dictada por la justicia de la provincia de Santa Fe (noroeste), donde Storni ocupó la máxima jerarquía eclesiástica de 1994 a 2002, año en que debió dimitir a raíz del escándalo enviando una carta al Papa Juan Pablo II, aunque en ella no admitía “culpa” ni “acusaciones”.

El religioso ya está jubilado y vive en una residencia para curas retirados en La Falda, provincia de Córdoba (centro). Y como tiene 74 años en consecuencia no ingresará a la cárcel pues gozará del beneficio de la prisión domiciliaria que la ley establece para los septuagenarios.

El ex seminarista Rubén Descalzo atestiguó en el juicio a Storni que éste "me hizo pasar a su departamento, donde sólo había una lámpara encendida. Hablamos mucho y me convenció para que fuera. Cuando llegamos a la puerta me abrazó. El abrazo comenzó a prolongarse y me apretó más contra su cuerpo. Colocó su cara en mi cuello y me besó…".

El llamado “caso Storni” ya había llegado en 1994 a las jerarquías del Vaticano por un informe de tres monseñores argentinos, pero allí y en Buenos Aires quedó archivado cual si fuera un secreto de Estado, sin que nadie molestara por ello al arzobispo de Santa Fe.

Pero en 2000 el escándalo salió a la luz con el libro "Nuestra Santa Madre", de la periodista Olga Wornat, publicado por Ediciones B, que incluía los crudos relatos de los seminaristas asegurando haber soportado en la intimidad al purpurado con medio siglo de vida dedicada a la fe.

"Esto no es pecado, hijo, yo soy monseñor Storni, un padre para todos ustedes, los seminaristas” solía decir el monseñor para tranquilizar a sus discípulos cuando pasaba a la ‘acción’.

Cada tanto Storni llamaba a un seminarista a su dormitorio para que lo desvistiera e hiciera un ‘masaje’. Y, en tren de prédica, le soltaba: “Nuestro amor tenemos que compartirlo. Dios ve bien esta muestra de amor entre dos hombres, entre un padre y su hijo. El nos apoya desde el Cielo".

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